RENACER
(Carta a Silvia 1995)
Desperté una mañana con el cálido reflejo de un sol tempranero que interrumpió mi sueño de improviso. Al salto rutinario de la cama aun semidormida buscando a tientas las pantuflas, quedé frente al espejo contemplándome. Una extraña sensación de helárseme la sangre me obligó a ubicar la mirada frente a quien era "esa" que permanecía delante de mí tan idéntica como diferente.
Cautivada por el desconcierto, le pregunté con voz trémula: -¿Quién eres?, pues resultas ser una revelación análoga de mi persona física.-
Respondió segura: -¡Vos! ¿Te cabe cierta duda todavía?-
De un primer intento quise destrozar en mil pedazos ese cristal acusador de verdades adelantadas y sorprendentes que me obligarían a caminar de una forma muy diferente sobre una ilustración femenina atada a condicionamientos culturales desempoderantes de su primitiva autoestima.
Por mas propósito de involucionar todo hubiera resultado en vano, la mutación ya estaba consumada y en mi interior una voz nueva hablaba un lenguaje de crecimiento enigmático.
El desafío era definitivo y debía asumirlo sin cuestionamiento alguno, había buscado afanosamente durante mucho tiempo encontrarme conmigo misma.
En esa noche sin tiempo cronológico transcurrió mi vida en un instante o quizás eran la suma de incontables instantes inquietantes que salían a la luz para transformarse en nuevo despertar como persona restituida de viejos prejuicios.
Como un inspirado pintor que con arte creativo matiza las huellas de una peregrina transitando por un incierto pasaje hacia la luz de la verdad, así mismo mis años, al igual que él, habían pintado los surcos de su existencia en mi rostro y en mi cuerpo combinadas tonalidades de experiencia… Sentí entonces un inmenso placer de ser…
Como el ruido de un afluente descontrolado avanzando violentamente las resonancias, despertaron los hondos e implícitos solencios aturdiendo mis oídos y de una sola bocanada de sonidos, al grito desgarrador, pude decir de mi género en voz alta prodigiosamente ¡soy una mujer naciente!.
El sudor frío que corría por mi cara entremezclado con lágrimas que fijó el momento de transmutación.
Había logrado parirme a mi misma en un flamante cambio fortaleciendo mi identidad femenina y al mismo tiempo había parido lo semejante a un hijo por su tiempo de original gestación, resultando ser como corolario un tratado de discriminación de la mujer en el lenguaje. ¡Brutal parto múltiple!...
Cosa extraña las palabras que involucran insospechada revelación al sondearlas en profundidad, implica nuevamente nacer, sin dejar de ser, o mejor dicho "renacer" sumada a una maternidad literaria de improviso.
El desconcierto sublime que da el misterio sorprendente forjó a aventurarme y acunar entre mis brazos a mi pequeño hijo inconcebiblemente multiplicado por dos mil ejemplares, y estrechándolo sensiblemente contra mi pecho que latía emotivamente acompasado, sentí mi estéril y floreciente vida proyectada hacia la inagotable alternativa de cambio.
Doy fe del dolor que origina el desarraigo, la metamorfosis del dejar atrás una cultura opresiva, además de todas las costumbres transmitidas por generaciones de sumisión y ataduras testamentarias de inferioridad en la creación de la jerarquía humana pasando a ser un trozo óseo de un abdomen ajeno.
Esta engañifa la transforme en el inconmensurable placer de incorporar una nueva filosofía, porque todo aquello que concebimos como muerte, vuelve a transformarse y resulta ser entonces un "bello milagro de una nueva vida".
Esta engañifa la transforme en el inconmensurable placer de incorporar una nueva filosofía, porque todo aquello que concebimos como muerte, vuelve a transformarse y resulta ser entonces un "bello milagro de una nueva vida".
Increíble imagen devolvió el espejo, paradigma de evolución que calmó mi sed de conocimiento. Reinó el sosiego, sobrevino la paz encumbrada de sabiduría, y "esa" reflejada en idéntica figura, no era otra más que yo misma en el tiempo evolucionado, en un cumulo de horas dedicadas al aprendizaje de "ser persona" desde otros criterios.
Solo queda ahora encontrar respuestas a los interrogantes pendientes todavía en nuestros días:
¿Cómo sería el mundo si estuviera regido por una cultura compartida y no patriarcal en el que esta estructurado?
¿Cómo sentiríamos el amor en toda su plenitud, despojado de culpas, sin condenas, sin lazos vinculados a lo pecaminoso?
El amor, tan solo el bello amor sin rótulos de… el amor, sin tener que ahogar el grito de decir "te amo" por temor a ser mal interpretado…
Dudar del sentido, de la orientación y entonces por tal motivo reprimir el expresar espontáneo… prohibir… callar… ocultar por el temor paralizante que anula los sentidos del sentir, insensibilizar la vida en el abismo del no ser…
Caminar en penumbras… al tanteo… como se puede… queriendo cambiar el paso a cada paso y tropezar involuntariamente con las piedras de la derrota a ser una misma…
Asoman rayos de luz entre las tinieblas de los laberintos bloqueados por rancios diseños prefijados…
Dios mío cuanto cuesta despojarse de todo esto!!!
Que utópica imaginación la mía de un mundo diferente!!!
¿Qué sería del hombre si realmente comprendiera?
María Cristina Garay Andrade
Derechos Reservados de Autora





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