EL RESURGIR DE LA DIOSA
UN POCO DE HISTORIA ARQUEOLÓGICA
POR MARIJA GIMBUTAS
(1921-1994)
Segunda Parte
Las militantes del feminismo político que buscan la igualdad en el mundo de las posibilidades humanas, el desarme, el fin de las injustificadas guerras, la recuperación del equilibrio ambiental y otras intensas luchas para lograr la supervivencia del planeta, con el tiempo se encontraron frente al mismo argumento lleno de mordacidad: “Siempre ha sido así. Es la naturaleza humana”. En el siglo XXI, una nueva generación de feministas con testimonios mas valederos, plantea un argumento para negar esa afirmación: “No siempre ha sido así”.
Los argumentos arqueológicos posteriores a la segunda guerra mundial hablan de una sociedad prehistórica pacífica, notablemente avanzada y agrícola, en la cual el culto a la Diosa era generalizado y en la cual hombres y mujeres vivían en armonía sin que ninguno de los dos esclavizara al otro. Esta civilización floreció en lo que hoy es Turquía y el Oriente Medio y llego hasta Francia por el occidente y hasta el sur de Polonia por el norte.
Esta visión se asocia con Marija Gimbutas, profesora de origen lituano, que ha dedicado la mayor parte de su carrera a recoger testimonios sobre la Diosa. Gimbutas sabía de mitología y folclor, leía mas de 20 idiomas europeos, veterana de cinco excavaciones en Europa, escribió veinte libros y doscientos artículos sobre el tema. La descripción que hace del período neolítico en la que ella denominaba la “Antigua Europa” fascinó a personas de todas partes del mundo.
La mayoría de las esculturas neolíticas europeas representaban el cuerpo femenino. En un principio se pensó que las miles de estatuillas de mujer, algunas de las cuales se remontan hasta 3000 a de J.C., eran arte erótico. Gimbutas contradijo esa conclusión, afirmando que eran figuras de la Diosa destinada al culto.
Además afirma, los devotos de la Diosa vivían en una sociedad pacifica: No se hallaron armas, terraplenes o estructuras defensivas entre el 7000 y el 3000 a. De J.C. en el sudeste de Europa, y tampoco desde el 4500 al 2500 a. De J.C. en el occidente del continente.
“La ausencia de fortificaciones y armas es prueba de la coexistencia pacífica de esta civilización igualitaria”, escribe Gimbutas. Los antiguos europeos construyeron casa cómodas y templos en aldeas escogidas por la belleza de su entorno y no por su posición estratégica.
La investigación de Gimbutas deja sin piso el estereotipo del habitante primitivo e incivilizado del neolítico.
La antigua Europa había descubierto la agricultura, domesticado animales e inventado los tejidos, los utensilios y la cerámica, dice: En las vasijas de cerámica que se han podido recuperar aparecen pinturas que representan a la naturaleza y el culto a la Diosa. También existía una forma rudimentaria de escritura.
Claro está que la polémica teoría de Gimbutas tienen sus críticos. Algunos académicos se muestran ascéticos. Aunque admiran sus conocimientos y el cúmulo de testimonios que aporta, cuestionan tanto sus suposiciones como sus conclusiones.
La respuesta de Gimbutas es que la mayoría de los arqueólogos prefieren concentrarse exclusivamente en su propio material. Aterrorizados ante la posibilidad de extraer conclusiones, pierden toda capacidad de sentir e intuir. Lo que realmente molesta a los críticos, concluye, es que su análisis incorpora una perspectiva espiritual, uno de los principales tabúes de la arqueología.
Una de las afirmaciones más revolucionarias de Gimbutas es que las verdaderas raíces de la cultura occidental están en la antigua Europa y no en la antigua Grecia y Roma, civilizaciones que florecieron miles de años después. “Apenas comenzamos a descubrir la distancia que nos separa de nuestro auténtico legado europeo: una cultura no violenta y centrada en la tierra”.
Hacia el año 4200 a 4300 a. de J.C., la sociedad que veneraba a la Diosa cayó víctima de una agresión masiva proveniente del oriente. Una enorme oleada de guerreros poderosos – a quienes Gimbutas denomina “kurganos” – cruzó Europa, proveniente de las estepas rusas. Montados a caballo y armados con espadas, estos guerreros impusieron su superioridad militar a los antiguos europeos indefensos, cuyos hogares, templos y civilización fueron destruidos. La última invasión kurgana, un holocausto de violaciones, saqueos y destrucción, ocurrió hacia el años 3000 a. de J.C.
Con la destrucción de antigua Europa, “se truncaron unas tradiciones milenarias” – escribe Gimbutas -. “Pueblos y aldeas se desintegraron y, junto con los templos, frescos, esculturas, símbolos y escrituras, desapareció también una magnifica cerámica pintada.
El contraste entre los kurganos y los europeos se aprecia muy bien en el titulo del libro de Riane Eisler.
El cáliz de la antigua Europa, símbolo femenino, fue suplantado por el “poder letal de la espada”, venerada por los invasores.
El poder para tomar la vida en lugar de darla” – escribe Eisler – “es el poder último para establecer e imponer la dominación”.
“La ideología kurgana... exaltaba a unos dioses viriles y guerreros, habitantes de un cielo brillante y atronador” – escribe Gimbutas – (...) La daga y el hacha son símbolos predominantes de los kurganos, quienes (...) glorificaban el poder letal de la afilada espada”.
Los kurganos redujeron a la Gran Diosa, dadora de toda la vida, al estado de consorte, objeto de amor o esposa subyugada. En su lugar surgió un panteón de dioses masculinos de la guerra, representados con frecuencia por sus armas. Los jefes guerreros que gobernaron esta sociedad violenta eran enterrados con sus armas.
“Armas, armas, armas” – dice Marija Gimbutas -. “Es realmente increíble pensar en los miles de kilos de dagas y espadas de la Edad de Bronce que se han descubierto. Fue un periodo de crueldad”. Los débiles remanentes de la antigua Europa se integraron a este nuevo matriarcado, pero acabaron por desaparecer.
“La caída del imperio Romano, el oscurantismo, la peste, la primera y segunda guerra mundiales y todos los demás periodos de caos (...) no son nada en comparación con lo que sucedió en ese entonces”, escribe Riane Eisler. Tras milenios de retroceso cultural y espiritual, hubo una chispa de humanismo en la antigua Grecia. Pero, según Gimbutas y Eisler, esa chispa, a la cual atribuye su origen la cultura occidental, nació del culto a la Diosa de la antigua Europa.

MARÍA CRISTINA GARAY ANDRADE
Derechos Reservados


1.- Bibliografía consultada: Megatendencias de la Mujer 2000 – Patricia Aburdene y John Naisbitt (1993)

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